¿Aplaudir al presidente? Sólo si ofrece un buen gobierno

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Ricardo V. Santes Álvarez

 

Durante muchos años, los mexicanos estuvimos acostumbrados a padecer el llamado “Día del Presidente”, o el día en que el primer mandatario rendía su informe a la nación, una vez cada año. Era todo un acontecimiento: un momento en que, con algarabía, confeti, serpentinas, música estridente y rabiosos aplausos, el primer mandatario se daba un baño de pueblo; una fecha en que recorría calles principales de la capital mexicana en ruta hacia el Congreso de la Unión, donde una multitud de incondicionales legisladores le aguardaba para proceder al besamanos y la zalamería inherentes a su quehacer. Eran los años dorados del tricolor, el partido hegemónico, el del carro completo.

 Con el aplauso fácil quedaba soterrada la interpretación seria, solemne, de que El Informe constituía un acto republicano en que el mandatario en turno rendía cuentas a la sociedad sobre el estado de la nación y el desempeño gubernamental. Claro, en aquellos ayeres de despotismo en jauja, “todo estaba bien”, de manera que en la Casa del Pueblo solamente brotaban complacientes elogios.

 La época maravillosa languideció durante la administración Zedillista. Hoy, pasada la innombrable docena azul y una vez reinstaurado el régimen de tres colores, desde el gobierno federal se convoca a superar tragos amargos de olvido y soslayo a la investidura presidencial. Se invita a retornar al redil a quienes en algún momento pensaron que la vida democrática era posible en el país, y reconocer que el mando vigente hace todo por México y los mexicanos; por tanto, no hay necesidad que existan espacios alternativos para la expresión social.

 ¡Faltaba más! Si para eso están las vías institucionales. Para eso están los diputados y los senadores, los ministerios públicos, los jueces y los tribunales; para eso están las numerosas dependencias de la administración pública; para eso están los alcaldes y los gobernadores. Y a últimas, para eso está el mismísimo presidente de la República. Todas son instancias preocupadas por el bienestar de los ciudadanos a las que puede recurrirse y presentar demandas y necesidades… ¡Ajá!

 Parece que desde el poder se cree que ese escenario promisorio es tan asequible con tan sólo reconocer el trabajo gubernamental. Basta con re-posicionar al comandante supremo en el pedestal donde siempre debió estar para lograr una nación que supere las adversidades y se encamine en la ruta del desarrollo. ¿Es tan difícil para el pueblo asimilar algo tan simple?

 También, parece pensarse que oscuras fuerzas desestabilizadoras pretenden dañar la imagen del México de las reformas estructurales. Por ello, durante el nombramiento del titular de Secretaria de la Función Pública (SFP), el martes 3 de febrero, Enrique Peña Nieto no soportó una muestra más de desafección a sus decisiones, al grado de espetar cuando se alejaba del micrófono: “Ya sé que no aplauden”.

 

 Pero… ¿aplaudirle qué?

 

¿Que resucitó un cadáver como la SFP?; ¿que nombró a quien se dice es un incondicional en la titularidad de esa dependencia?; ¿que ordenó al nuevo secretario investigar sus haberes personales y de sus amigos?; o solamente ¿que apareció ante los medios?

El reproche presidencial ¿es acaso añoranza del aplauso fácil de otros tiempos?

 Cabe preguntar razones para negar el aplauso al mandatario mexicano, y razones para aplaudir, nacional e internacionalmente, a un personaje como, digamos, José Mujica, saliente jefe de Estado uruguayo.

 Es evidente que el asunto no puede constreñirse a la figura del gobernante, sino a su desempeño y el de sus colaboradores. Es decir, no solamente se aplaude, o no, al mandatario sino a su gobierno. A José Mujica se le aplaude porque a los ojos de los gobernados realizó una buena gestión. Pero eso es precisamente lo que no está sucediendo en el caso mexicano. Todo lo contrario, la administración de Peña Nieto está siendo cuestionada, dentro y fuera del país.

 Qué bueno que el presidente ya sabe que no le aplauden mas que los beneficiarios de sus decisiones, que lamentablemente son los menos. Qué bueno que ya sabe que no se le aplaude y ojalá actúe en consecuencia para reorientar el rumbo de descrédito tan penoso que repercute en todos los ámbitos de la vida nacional. Si comprende que hay muchos ciudadanos insatisfechos, lo que debe hacer es reformar el desempeño gubernamental.

 Sanear la gestión pública separando del cargo a íntimos y aliados, como los titulares de Hacienda, de Comunicaciones y Transportes, de la Procuraduría General de la República, o de Desarrollo Social, sería apenas una carta de intención. La sociedad mexicana demanda medidas contundentes que vayan al fondo de los problemas; en ese tenor, lo esperado es que tome la decisión de combatir la corrupción, la rampante impunidad, los conflictos de interés y demás flagelos; y que lo haga ahí donde todos sabemos que debe empezar: en la casa propia.

 Si llegase a satisfacer esa expectativa, no dudo que Peña Nieto constatará que el aplauso de los ciudadanos ha de recompensar el desempeño gubernamental. Porque sólo se aplaude a un buen gobierno y a un buen gobernante. Hasta ahora, el suyo no es el caso.

 

Twitter: @RicSantes

 Fecha de publicación en otros medios: 9 y 10 de febrero de 2015

Ver: Infolliteras, Plumas Libres, Los Angeles Press

 

 

 

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